Historia del Picu: Berrio y Ortiz
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- Publicado el Lunes, 13 Diciembre 2010 23:31
- Escrito por Juan A. Martín
Relato de César Pérez de Tudela en su libro "S.O.S. en el Naranjo de Bulnes"
“29 de enero de 1969. Hemos llegado hoy con buena nieve y nublado para pernoctar en el refugio. Hemos dejado atrás Poncebos y Bulnes, donde pasamos la noche.”
“30 de enero de 1969. Nos dirigimos a la Oeste del Naranjo. Que Dios nos ayude. Hemos salido a las 8,30 de la mañana. Somos Ramón Ortiz y Pachi Berrio, de San Sebastián.”
“ ¡Que Dios nos ayude!”… ¡Qué sincera e impresionante es esta frase antes de partir hacia la verdadera aventura! ¡El temor confundido con la ilusión!
A las nueve y media iniciarían los primeros largos de cuerda. La roca está muy fría. Muy lentamente entrarían de lleno en la lucha. En una danza frenética de subir y subir, colgándose de los brazos ante ese abismo cada vez más profundo.
Nunca se sabrá donde montarían el vivac.

Hace dos días que Berrio y Ortiz escalan la pared. El sábado 1 de febrero el tiempo cambia bruscamente. Sus amigos de San Sebastián, que saben de sus proyectos, empiezan a sentirse intranquilos. Algún observador del lugar ha visto a ambos escaladores por el centro de la pared.
Lunes 3 de febrero de 1969. Hace cinco días que Berrio y Ortiz iniciaron la escalada al Naranjo. El tiempo sigue tormentoso. Empieza a ser alarmante la ausencia de noticias. Se intenta llegar a la Vega de Urriellu para saber algo en concreto. Pero el grupo, no formado por verdaderos alpinistas, sino por generosos lugareños de los Picos de Europa, gente de Arenas de Cabrales, Camarmeña, Bulnes y otros pueblos, y miembros de la Guardia Civil, no pueden con la ventisca y la nieve.
Al día siguiente el grupo de rescate llegó al refugio, pero allí no se ve a nadie. Sólo el libro, en el que leen el último mensaje de Berrio y Ortiz. Ya nadie tiene esperanzas. Desde San Sebastián llegan presurosos cuatro escaladores amigos de Berrio y Ortiz. Son Luis Alcalde, Francisco Sorrondegui, Alberto Cáceres y el veterano Francisco Lusarreta.
En toda España ha cundido la alarma. Berrio y Ortiz son divisados colgados a más de cuatrocientos metros del suelo, en la arista noroeste del Naranjo. No responden a las llamadas de sus compañeros. No se sabe si alguno está con vida. Si no hay certeza de muerte de los dos, es preciso montar una rapidísima operación de rescate. Un rescate en invierno en la cara Oeste del Naranjo significa una difícil operación, una arriesgada empresa.
Poco a poco van llegando a Arenas de Cabrales los mejores alpinistas del norte de España, directivos de las federaciones de montañismo, periodistas y reporteros.
Jueves 6 de febrero de 1969. Empieza la operación. El mando de la misma ha sido atribuido al coronel de la Guardia Civil señor Nieto Tejedor. La Federación Española de Montaña en colaboración con la Asturiana, ha gestionado la colaboración de un helicóptero del Servicio Aéreo de Rescate del Ministerio del Aire.
Viernes 7 de Febrero de 1969. Arenas de Cabrales es una aglomeración de gente. Allí está preparado el helicóptero de gran tamaño del S.A.R.
Nombres famosos del montañismo están presentes. Han acudido todos aquellos que saben que pueden ser útiles y algunos verdaderamente necesarios. Todo es buena voluntad, entrega, emoción. Se está llegando a la certeza que tanto Berrio como Ortiz están muertos. No se sabe si están en el itinerario de la escalada o están fuera de él.
Cuesta mucho tiempo y muchas palabras para orientar al mando cómo debe ser montada la operación, pues es algo en lo que se tiene muy poca experiencia.
Poco a poco el helicóptero del S.A.R. va realizando vuelos y depositando a los alpinistas en lo alto de la Canal de la Celada. Es un helicóptero grande, con capacidad para quince personas, gran potencia y cable ascensor, pero la práctica de los pilotos en montaña es nula. Todo son prudencias.
Los Picos de Europa estaban muy bellos. Inmediatamente empezaron los esfuerzos para la escalada del Naranjo. La pared Sur no ofrecía particular dificultad. El tiempo era bueno. El problema era ir subiendo la cantidad de material adicional necesaria, porteándolo por una pared de más de trescientos metros.
En el refugio de la Vega de Urriellu quedó un reducido grupo. Ellos servirían de nexo de unión entre el equipo que escalaba la pared y Arenas de Cabrales, base de suministros, helipuerto y mando general de la operación. Cada grupo va provisto de radios que hacen posible más o menos la comunicación.
Seguimos escalando la pared Sur. El día es corto. Vamos dotando los difíciles pasajes con cuerdas fijas y escalas. Esto permite ganar tiempo y tener el descenso asegurado. No se trata de una escalada más; es una escalada de socorro. El atardecer nos sorprende antes de alcanzar la cima. Lo más necesario ha sido ya hecho. Anochece y nos disponemos a montar el vivac bajo el Naranjo. Será una noche muy fría.
Amanece el día 8 de febrero de 1969. Todos nos afanamos en salir de los sacos. Tomamos el material que cada uno cree necesario. Es una empresa sin ningún jefe. Cada cual hace lo que estima que debe hacerse. El tiempo es bueno, no hay viento, hace sol y estaremos a tres o cuatro grados de temperatura.
Alcanzamos la cima. Vamos en distintas cordadas. Iniciamos el descenso hacia la arista noroeste, en donde vimos los cuerpos. A los ochenta o cien metros, la arista se corta y comienza un precipicio. Es la salida de la Oeste.
Lentamente preparamos todo lo imprescindible. Ahora, en el momento y lugar adecuado, no tenemos el famoso torno que yo traje desde Barcelona con tanto esfuerzo. El torno iba en el coche de Jaime García Orts y tuvo una avería en Valladolid. Hemos de improvisar los medios...
...Comienzan los momentos difíciles. Las nubes empiezan a jugar cerca de nosotros. No podemos perder tiempo. Unidos con cordinos, se instala un largo rapel.Yo me engancho a una escalerilla de acero, útil para estos casos. Sin decir nadie nada, me dispongo a bajar. No es el miedo natural de lanzarse al vacío suspendido de una fina y larga cuerda anudada. Es ir hacia el encuentro de dos compañeros muertos. Un sentimiento emocional acompaña este descenso tétrico y torpe. A la espalda llevo unas bolsas de plástico en donde guardar los cuerpos rotos de nuestros amigos.
Por fin, muy abajo, veo lo que parecen los cadáveres de Pachi y Ramón. Me voy acercando lentamente. Veo a mis pies las cuerdas trabadas en un saliente de la roca. Es un cuadro impresionante.
Berrio y Ortiz penden muertos de sus propias cuerdas, cada uno por un lado del saliente de roca. Entre ambos cuerpos se encuentran varias clavijas y un taco con sus respectivos mosquetones, que han arrancado a la roca en su caída.
Estoy solo. Pedro Udaondo se aproxima colgado de la cuerda, haciendo el mismo itinerario que yo. No sabemos qué hacer. Instalamos unas clavijas en una pequeña repisa. Fuertemente asegurado por Pedro, me descuelgo hacia los cuerpos de los escaladores. Yo no conocía a Pachi ni a Ramón y no puedo distinguir quién es uno y quien es otro. Uno pende cabeza abajo, balanceándose de la cuerda encallada, que evitó que cayeran hasta la misma base del Naranjo. En sus cuerpos se observan los fuertes golpes recibidos en su caída.
Pedro ha visto en su descenso que el último pasaje de la escalda, un difícil paso de empotramiento en que se salva un pequeño techo, no está el taco de madera. También ha recogido una clavija que estaba posada justo en el sitio en donde ya no es preciso escalar para alcanzar la cima.
Berrio u Ortiz, el que en aquel momento actuaba de primero de cordada, debió caer cuando intentaba dar su primer martillazo a la clavija que había colocado con la mano. No tuvo tiempo. El taco del cual estaba colgado se salió y le precipitó en el abismo. En su caída arrancó todas las clavijas por las que pasaban las cuerdas. El tirón de su caída arrastró también a su compañero, que le aseguraba, arrancando la clavija en la que había montado el seguro y en el que sin duda, habían montado la reunión. Ambos cuerpos cayeron unidos por las cuerdas, golpeándose con los salientes de la roca durante casi ochenta metros. La casualidad quiso que las cuerdas quedasen trabadas en una prominencia de roca y que cada cuerpo sirviera de contrapeso al otro.
Después de esta excursión de muerte me vuelvo a reunir con Pedro. El tiempo parece cambiante. Ambos nos encontramos impresionados por los momentos que estamos viviendo. Unos cien metros de cordino nos une con los compañeros que están arriba, en la cima, entre las nubes y el sol. La escalerilla de acero quedó enganchada y proseguimos el descenso sin ella.
Observo las clavijas que han arrancado en su caída Berrio y Ortiz. Muchas están descoyuntadas, rotas. Hay cinco y el taco. Tres cuerdas están enganchadas al saliente de piedra. Las tres son de nailon. Dos, de un mismo color, lo que me hace pensar que es una sola en doble o liada. Berrio y Ortiz están con chaquetas de pluma puestas. No se sabe, ni se sabrá cuantos días llevaban de escalada. Tampoco sabremos en que condiciones físicas se encontraban. Al contemplar sus cuerpos golpeados después de la fatal caída, me parece observar un gran desgaste orgánico; por otra parte el que llevaran los plumíferos es sintomático de cansancio o de mucho frío. Sea lo que sea, habían sostenido una dura lucha y ya estaban casi en la cima.
Pedro y yo estamos confusos. No podemos mover ni siquiera las cuerdas que sujetan los cuerpos inertes. La postura en que están los cuerpos nos impide meterlos en las bolsas de plástico. Para colocarse junto a ellos hay que colgarse sobre ese abismo impresionante, balanceándose.
Unimos la cuerda fina por la que descendimos a las tres cuerdas que los sujetan. Así, los compañeros, desde arriba, podrán tirar de los cadáveres. Les gritamos fuertemente. La fina cuerda se tensa y vibra como si se partiera, pero no levantan a Berrio y Ortiz. Con su esfuerzo sólo hacen que los cadáveres de nuestros compañeros se balanceen, impresionándonos...
...Entre el equipo de la arista de la cima y nosotros, tratamos de entendernos por medio de lejanos gritos. Intentamos comunicarles que es imposible de esta forma subirlos a la cima. Para liberar de su cárcel los cuerpos sin vida de Pachi y Ramón no hay más remedio que cortar las cuerdas.Es una solución que puede parecer extrema, pero así están las circunstancias y este es el procedimiento que se utiliza en todas las montañas del mundo. Así fue como los equipos de socorro de Suiza pudieron recuperar los cuerpos de Rabadá y Navarro, muertos en la pared Norte del Eiger. Sus cadáveres cayeron desde más de mil quinientos metros, estrellándose contra el zócalo de la pared.
Es lo único que puede hacerse, pero también es lo mejor. Subir los cadáveres con grandes esfuerzos supone poner en peligro y sobre todo prolongar la operación de rescate. El arrastrar un cuerpo muerto por una pared es bastante complicado. Se atranca en los relieves de la piedra, entre el hielo. Con esto, el cuerpo sufre más. Si la cima tiene una vertiente fácil, se da por bien empleado el esfuerzo y el peligro. Pero la cima del Naranjo no tiene ninguna vertiente que sea sólo una cuesta, por todos lados existe un precipicio. Una vez en la cumbre, hay que bajar los cuerpos por el anfiteatro y luego a lo largo de una pared vertical de doscientos metros.
Son momentos de emoción. Pedro me asegura. Yo me agacho y corto la primera cuerda; luego la segunda. Cuando corto la tercera, ambos cadáveres se precipitan al vacío. Pasa mucho tiempo hasta que escuchamos los golpes de cada uno en la base de la montaña. Abajo la recepción de los cuerpos ha sido sobre nieve fresca, lo que ha amortiguado la tremenda caída.
Un equipo estaba esperando bajo el Naranjo. Envuelven los cuerpos en grandes bolsas y esperan el regreso del equipo de la cima.
Pedro es izado lentamente por nuestros amigos. Estoy nuevamente solo en esta repisa siniestra. Frío, sin sol, en una pared Norte. Cuando me llega el turno, me ato a la fina cuerda de nailon. Diez hombres tiran desde arriba, la cuerda roza insistentemente las aristas de la roca. Tengo miedo. Todo depende del desgaste de la cuerda.
Casi ahogado por la presión de la cuerda en el pecho, alcanzo la salida de la pared Noroeste. Sin perder un momento vamos bajando de la cima. Es un descenso ordenado, sin fallos. Una cordada se ocupa de ir recuperando el material. Cuando llegamos a la base del Naranjo e iniciamos el descenso por la Canal de la Celada ya ha entrado la noche...
...¡Qué confortable nos parece el refugio! Estamos todos juntos en un espacio muy reducido. Alrededor de nosotros, las pequeñas cocinas derriten nieve sin descanso. Estamos sedientos. Necesitamos muchos litros de agua. Trozos de chocolate, galletas y trozos de embutidos pasan de mano en mano para saciar nuestra hambre de varios días de esfuerzos.
Comentamos una vez más el triste suceso que tanto nos afecta a nosotros, escaladores, que confiamos en las clavijas que introducimos en las grietas de la roca y nos colgamos de ellas. Todo depende de esos trocitos de hierro. Nuestros cuerpos, con todo lo que encierran. ¡La vida! Es impresionante haber visto tantas clavijas arrancadas de la pared.
Por radio comunicamos el fin de la operación. Pedimos que al día siguiente, tan pronto las condiciones meteorológicas sean favorables, suba el helicóptero para descender los cadáveres y a cada uno de nosotros. La Vega de Urriello se encuentra a muchas horas de Arenas de Cabrales, y todos estamos muy cansados.
Dormimos apiñados en el reducido espacio de este refugio. Algunos dormimos una noche más mirando a las estrellas.
Cuando el helicóptero nos deja en Arenas de Cabrales, entre una muchedumbre de periodistas, fotógrafos y autoridades, nos espera otra dura prueba. Hemos de responder a mil preguntas a la vez.
El rescate más difícil de toda la historia del alpinismo español se había realizado.
