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Gentes de Cabrales | La vieja lengua


Gentes de Cabrales | La vieja lengua

La vieja lengua agoniza. Hablo de aquella lengua, en la que uno balbució sus primeras palabras, o de la que recordamos aquellas otras, que iban asociadas a las etapas del crecimiento y del aprendizaje: el escaniellu, la baranda, los chapines, las andaderas, el jergón, el maletu, el silabariu…, o para los primeros reproches, mas o menos duros, como duros eran los tiempos, de la madre:

“No, si lo qu’es, valía mas tener un cochu bien gordu, hiju míu” “me teneis hasta el corodiellu” “eres vil como carne piscuezu”.

Aquellos dolores de barriga y la madre, siempre la madre, vigilante y dispuesta: “¿hagote la castañar, hiju míu? Uno de aquellos viejos trucos, viejos recursos —hijos de la impotencia, de la ausencia de un médico, el ceruxu, o de la falta de recursos para pagar la asistencia— para procurar el alivio, que llega, cuando, tras cogerte por los pies, ponerte boca abajo, y darte unos esmengones, lograbas, al fin, expulsar aquellos gases, consecuencia de una jartura de castañas, verdes o berrondias.

Los primeros y tempranos recorridos por los caminos y el cansancio y el padre llevándote a cuestas: al chinchu, a la caballina; las primeras obligaciones: el buscu, el ardinucu, las quimas, los inabios —los críos se zurran desde las fajas y las mantillas— los juegos, el blinquín, la taina, llevar a unu en tarandinas mientras se cantaba: “A la sillina de rey…..”

O cuando el paso del tiempo te lleva a mirar a aquellas crías, hasta entonces ofensivas, sabijondas y repipios, con otros ojos:

“Vamos a dayos la jiga”: la conversación, los primeros amusatos y el piscu que llega sin saber de dónde. Y a peñeralas; Peñerina nueva/ ¿quien te peñera?, los rapaces de la escuela…. Jariellu, jariellu….

O nos peñeraban: Mozu peñerau no vale pa casau…

El comienzo de otras inquietudes, el inicio en otros desazones.

El que cortexa y no sabe
La cuerda que ha de tirar
Por güen sancristan que sea
Nunca llega a repicar

Hay escenarios y situaciones, que hoy ya no son posibles, porque aquel mundo, en el que existieron o acontecieron, ya es pasado. Algunos hemos vivido inmersos en un mundo que, a veces, da la impresión, que nunca fue el nuestro. En los primeros años, la primera juventud, las costumbres, todo lo que nos rodeaba, venía del mundo de nuestros abuelos o de los abuelos de nuestros abuelos. Se había mantenido, todo, inalterable e inalterado. En algún lugar he leído algo acerca de esto. Alguien se preguntaba ¿Qué tienen hoy estas gentes que no hayan tenido sus antepasados?: El maíz y las patatas.

Hoy vivimos el mundo de nuestros hijos, un mundo demasiado cambiante, vertiginoso, para poder integrarnos en él plenamente, demasiado volátil, o eso me parece, para poder entenderlo.

Algo parecido ha ocurrido con la vieja lengua, que parece hecha a la medida de aquel mundo. Vamos a acercarnos a ella, situándonos en un espacio temporal, en el que otra forma de expresión era imposible:

Veamos algún ejemplo:

Cuenta una anécdota, que, hace algunos años, unas pastoras bajaban del Puertu, seguramente a la fiesta de San Juan, y que, al pasar por Cares, una de las rapazas que andaba por allí, al verlas dijo:
-Agüele a marruchu
- Y tu a puta —saltó como un resorte una de las pastoras.

El marruchu es el olor a cabaña “a puertu”, a cabaña, un olor que se adhiere a la piel y a la ropa como se adhiere un cabarru hambriento a su victima, a la búsqueda de sangre, o un reznu, o los porcines a las ovejas o la mosca rociniega.

Gentes de Cabrales | La vieja lengua

En aquel Cabrales había pocas distracciones. Una de ellas era la tertulia, aquellas tertulias invernales que se hacían en los portales, pasando la muera, mientras se pulgaban las castañas, esbillaban los chichos, reservando las jargazas para las vacas, se repasaba algún hábitu o se ribereteaban los escarpines, aprovechando una “gabiada” de sol, y se hablaba de lo divino pero sobre todo de lo humano:

-Tengu entendíu que julanu….

Yo recuerdo aquellas mujeres, algunas, seguramente, no tan viejas como uno creía, sacando la petaca, el libritu de zig-zag haciendo “un liau” y prendiéndolo con aquel “chisqueru de tabanada”.

—Mama, la tía Mare Fernandi juma.
—E que i duel un cordal
—E pal histéricu

Tales eran las respuestas que uno obtenía, y que no satisfacían aquella curiosidad infantil. Lo del cordal tenía sentido: ¿quién no ha tenido un dolor de muelas? Pero aquello del histéricu…

—El coño el críu siempre con preguntas desapropósitas…..
—Cosas de muyeres, mio jiyu —era lo mas que uno lograba sonsacar.

Años después, al ir adquiriendo nuevos conocimientos, quedaría descifrado el enigma:

Histera en griego significa matriz. Curiosa palabra, histéricu, para la menopausia.. También la vieja lengua tenía palabras para el tiempo: las jerrobradas de marzo, el soplido de l’arcia, los jarones del invierno, las polniadas, la cainada... Y para el terreno: solanu o aleguedu, arenu o barrizu, que se preparaba, jetos, turrias, barbacanas, para disponerlo en pandas para la siembra. O las mormeras, escurridorios, paseros, huertos, sedos, calabreros…, asociadas a la peña, al mundo del pastor, al puertu; robeca, blondada, xara, mantrina para referirnos a la coloración de la piel de las cabras.

La palabras varían según los pueblos, y así, en Arenas, a los cochos, recién nacidos y mientras maman, se les llama marranicos, ya mas crecidos prejendos. En Poo coines, llaguitos en Rozagás. Ello daba motivos para chanzas:

Los coínes de Poo que metan gallinas y dicen que no.

Y la respuesta:

Los marranicos de Arenas que beben la leche en una madreña.

Tampoco faltaba para los de Arangas, la Corte, cuyo puertu se asoma a la mar y que sabían del tiempo, o las llugas, que les esperaban por el batir de las olas:

Aranguesu picuquesu, tira pedos a la mar. Tira unu tira dos, tira mas de veintidós.

Pero en el camino han ido quedando palabras que ya no alcanzamos a comprender:

Los de Sotres son margaños. Los de Tresviso ladrones, los de Camarmeña chinos, los de Bulnes salerones.

¿Qué significa tiene margaño? ¿Qué, chino o salerón?. Está claro que tienen una carga peyorativa, pero no sabemos su significado.

No faltan tampoco las palabras, o las expresiones, para el último viaje:

La visita a la casa del difunto se expresa de distintas formas: en Arenas se dice llevar la visita, en referencia a esa buena costumbre de aportar una ayuda económica para los gastos que se sobrevienen. En Sotres es, o era, el allumbramientu y, en Carreña, aún sigue utilizándose una hermosa expresión: ir a llevar la luz. En ambos casos, Sotres y Carreña, se hace referencia a aquella época en que las costumbres eran más sencillas y las gentes se acercaban a la casa de la familia para dejar una vela.

Para todo tenía palabras la vieja lengua.

¿A dónde fueron mis voces?. —decía, en una ocasión, una vecina de Arenas.

Lo mismo nos preguntamos hoy:

Las palabras nuevas, traídas por las nuevas costumbres, las relegaron al rincón donde habita el olvido. Por eso he creído conveniente recordarlas.